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Teotihuacán: una ciudad hecha para durar más que sus nombres

Antes de ser llamada Ciudad de los Dioses, Teotihuacán fue una metrópoli multiétnica que ordenó el paisaje, reunió barrios de tierras lejanas y extendió su influencia por buena parte de Mesoamérica. Su historia todavía se lee entre pirámides, murales, túneles y preguntas abiertas.

Septiembre 2026 · 8 min de lectura
Teotihuacán: una ciudad hecha para durar más que sus nombres

Teotihuacán no necesita extraterrestres, energías secretas ni un equinoccio multitudinario para resultar asombrosa. Basta imaginarla hacia el año 500 de nuestra era: una metrópoli de trazo riguroso, edificios pintados, plazas ceremoniales, talleres de obsidiana y barrios donde convivían personas llegadas de distintas regiones de Mesoamérica. Su extensión rondó los 20 kilómetros cuadrados y su población, según estimaciones arqueológicas que varían, pudo superar los 100 mil habitantes. Era una ciudad inmensa para su tiempo; el misterio verdadero es humano, y por eso mismo más interesante.

El nombre llegó después

No sabemos cómo llamaban sus habitantes a la ciudad ni qué lengua predominaba en sus calles. El nombre Teotihuacán procede del náhuatl y fue usado siglos después por los mexicas, cuando el gran centro urbano llevaba mucho tiempo abandonado. Suele traducirse como “lugar donde fueron hechos los dioses” o “lugar donde nacieron los dioses”, aunque la interpretación lingüística ha sido discutida. “Ciudad de los Dioses” es una fórmula hermosa y útil, siempre que recordemos que no salió de la boca de sus fundadores.

El primer secreto de Teotihuacán es sencillo: conocemos el nombre que le dieron quienes llegaron después, no el que usaron quienes la construyeron.

Los orígenes urbanos se remontan a los últimos siglos antes de nuestra era, en una cuenca de México donde varias poblaciones se reorganizaron tras erupciones volcánicas y cambios políticos. Entre los siglos I y III d. C. tomaron forma los monumentos principales y una cuadrícula urbana de notable consistencia. La Pirámide del Sol, la de la Luna y el conjunto conocido como La Ciudadela no fueron ocurrencias aisladas: organizaron recorridos, ceremonias y jerarquías. La ciudad quedó orientada aproximadamente 15.5 grados al este del norte, una desviación deliberada que se ha relacionado con observaciones calendáricas, astronómicas y con el paisaje, aunque no existe una explicación única aceptada.

Reconstrucción de la Calzada de los Muertos con la Pirámide de la Luna al fondo y habitantes de la antigua ciudad.
Reconstrucción de la Calzada de los Muertos con la Pirámide de la Luna al fondo y habitantes de la antigua ciudad.

Una metrópoli de muchos rumbos

Teotihuacán fue mucho más que su corredor monumental. Buena parte de sus habitantes vivía en conjuntos departamentales de mampostería, organizados alrededor de patios y cuartos comunicados entre sí; para el mundo antiguo, aquello representaba una forma urbana excepcional. Había espacios para preparar alimentos, trabajar, rendir culto y enterrar a familiares bajo los pisos. No eran viviendas idénticas: su tamaño, decoración y materiales muestran diferencias sociales considerables, porque hasta las ciudades más planificadas encuentran maneras de repartir desigualmente la comodidad.

Los barrios permiten mirar la diversidad sin convertirla en estampa folclórica. En Tlailotlacan, el llamado Barrio Oaxaqueño, se han identificado costumbres funerarias y cerámicas vinculadas con Oaxaca; en el Barrio de los Comerciantes aparecieron materiales y prácticas relacionadas con la costa del Golfo. Isótopos, restos humanos, objetos y estilos artísticos apuntan a una población móvil y multiétnica. Teotihuacán atraía artesanos, comerciantes, especialistas religiosos y familias enteras: una capital cosmopolita donde la procedencia importaba, pero también podía negociarse.

  1. 1Obsidiana verde de Pachuca, convertida en navajas, puntas y objetos rituales.
  2. 2Cerámica de distintas regiones, útil para seguir intercambios y migraciones.
  3. 3Conchas marinas, pigmentos y piedras verdes llegados desde largas distancias.
  4. 4Murales con aves, felinos, plantas, corrientes de agua y seres sobrenaturales.
  5. 5Restos de maíz, frijol, amaranto, chile, calabaza y maguey, base de la vida cotidiana.
Patio de una vivienda colectiva teotihuacana con muros pintados, utensilios domésticos y artesanos trabajando.
Patio de una vivienda colectiva teotihuacana con muros pintados, utensilios domésticos y artesanos trabajando.

Poder pintado y poder armado

La autoridad teotihuacana no dejó una galería de reyes fácilmente reconocibles, como ocurre entre los mayas. Sus murales privilegian procesiones, animales, deidades, ofrendas y personajes vestidos con gran riqueza, pero rara vez individualizan gobernantes mediante nombres y biografías. Esa diferencia ha alimentado debates: ¿hubo un rey supremo, varios linajes, consejos o alguna combinación cambiante? La respuesta sigue abierta, y conviene no taparla con una certeza de utilería.

Sí conocemos la fuerza de sus rituales públicos. En el Templo de la Serpiente Emplumada se hallaron entierros colectivos de personas sacrificadas, muchas acompañadas por armas y ornamentos, dentro de un programa ligado a la consagración del edificio. Más de un centenar de individuos han sido recuperados en distintas temporadas, evidencia de que la monumentalidad también se sostenía mediante violencia organizada. Las esculturas del templo —cabezas de serpientes emplumadas alternadas con otra figura de interpretación discutida— no eran decoración inocente: proclamaban orden cósmico, riqueza y capacidad de mando.

Fuera del valle, la influencia teotihuacana alcanzó regiones de Puebla, Veracruz, Oaxaca, el occidente de México y el área maya. En Tikal, por ejemplo, inscripciones mayas registran la llegada, en 378 d. C., de personajes asociados con una poderosa intervención extranjera que muchos investigadores vinculan con Teotihuacán. Sin embargo, no todo objeto de estilo teotihuacano demuestra conquista directa: también hubo comercio, alianzas, imitación prestigiosa y comunidades migrantes. Mesoamérica fue una red política compleja, no un tablero donde una sola ciudad movía todas las piezas.

Reconstrucción de la fachada policromada del Templo de la Serpiente Emplumada durante una ceremonia.
Reconstrucción de la fachada policromada del Templo de la Serpiente Emplumada durante una ceremonia.

El fuego, la partida y la memoria

La gran ciudad no terminó en un único día dramático. Hacia los siglos VI y VII, varios edificios del centro cívico-ceremonial fueron incendiados y dañados de manera selectiva, mientras cambiaban las redes económicas y el equilibrio político regional. Se han propuesto conflictos internos, crisis de gobierno, desigualdad, sequías y alteraciones ambientales; probablemente intervinieron varios factores y no una catástrofe con modales de película. La población disminuyó, algunas zonas fueron abandonadas y otras continuaron ocupadas durante un tiempo.

Siglos después, los mexicas visitaron y reverenciaron las ruinas, incorporándolas a relatos sobre la creación del Sol y la Luna. De esa mirada posterior proceden varios nombres actuales: Calzada de los Muertos, Pirámide del Sol y Pirámide de la Luna no son denominaciones teotihuacanas comprobadas. Las excavaciones modernas comenzaron en el siglo XIX y se aceleraron durante el Porfiriato, cuando Leopoldo Batres intervino la Pirámide del Sol con métodos hoy muy cuestionados. La arqueología también tiene historia, y no siempre sale bien peinada en la foto.

Hoy Teotihuacán es Patrimonio Mundial y uno de los sitios arqueológicos más visitados de México, pero todavía conserva preguntas elementales: quién gobernaba, qué lenguas se hablaban, cómo se nombraban sus dioses, por qué colapsó su sistema político. Esa incertidumbre no le resta grandeza; la libra de convertirse en una postal resuelta. Caminarla exige mirar también los barrios, los pigmentos, los entierros y las huellas de trabajo, no sólo subir con prisa hacia una fotografía. La ciudad perdió su nombre original, pero dejó una idea difícil de borrar: una civilización puede desaparecer y, aun así, seguir obligándonos a imaginar la vida de quienes la hicieron posible.

Para seguir leyendo
  • George L. Cowgill, Ancient Teotihuacan: Early Urbanism in Central Mexico, Cambridge University Press, 2015.
  • Esther Pasztory, Teotihuacan: An Experiment in Living, University of Oklahoma Press, 1997.
  • Instituto Nacional de Antropología e Historia, Zona Arqueológica de Teotihuacán y proyectos de investigación del sitio.
  • UNESCO World Heritage Centre, Pre-Hispanic City of Teotihuacan.
  • David M. Carballo, Urbanization and Religion in Ancient Central Mexico, Oxford University Press, 2016.
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