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Guelaguetza: la fiesta que empieza con un don

Mucho antes de convertirse en el gran espectáculo de julio, la guelaguetza nombraba una forma zapoteca de dar, corresponder y hacer comunidad. Recorremos sus raíces, su transformación histórica y las muchas celebraciones que hoy caben bajo la misma palabra.

Agosto 2026 · 7 min de lectura
Guelaguetza: la fiesta que empieza con un don

En Oaxaca, una palabra puede ser ayuda para una boda, canasta de fruta lanzada al público, deuda afectuosa entre vecinos y fiesta multitudinaria sobre un cerro. Esa palabra es guelaguetza. Hoy suele asociarse con los Lunes del Cerro, los bailes regionales y un auditorio lleno hasta el último sombrero; pero su historia no cabe entera en el escenario. Para entenderla hay que mirar menos el programa y más el gesto: alguien da porque pertenece, y quien recibe queda unido a una red de reciprocidad.

Dar no es regalar al aire

El término guelaguetza procede del zapoteco y suele traducirse como ofrenda, cooperación, ayuda o intercambio recíproco. Ninguna versión española alcanza a contenerlo del todo, porque no describe solamente un objeto entregado, sino una relación social. Una familia aporta maíz, mezcal, dinero o trabajo para una celebración; más adelante, esa ayuda puede corresponderse cuando otra casa la necesite. No es una cuenta bancaria con huipil, aunque sí conserva memoria: el don crea obligación, gratitud y pertenencia.

Libreta de aportaciones comunitarias junto a una canasta con productos para una celebración.
Libreta de aportaciones comunitarias junto a una canasta con productos para una celebración.

Esta práctica ha formado parte de la organización comunitaria en distintos pueblos de Oaxaca, aunque no funciona igual en todos ni pertenece de manera exclusiva a una sola época. Puede aparecer en bodas, funerales, mayordomías, fiestas patronales y trabajos colectivos. Conviene no confundirla automáticamente con el tequio: ambos expresan cooperación, pero el tequio suele ser trabajo comunitario obligatorio o acordado para beneficio común, mientras la guelaguetza enfatiza el intercambio y la correspondencia entre personas o familias. En la vida real, desde luego, las fronteras pueden ser menos pulcras que en un diccionario.

La guelaguetza no es solamente lo que se ofrece: es el vínculo que queda después de ofrecerlo.

Antes del auditorio

A menudo se afirma que la Guelaguetza desciende directamente de ceremonias prehispánicas dedicadas a Centéotl, divinidad mesoamericana del maíz, celebradas en el Cerro del Fortín. La relación entre julio, las lluvias, el maíz y antiguas prácticas rituales es verosímil en una región de larga historia agrícola; también existen referencias coloniales a celebraciones indígenas que fueron combatidas o reorientadas por evangelizadores. Sin embargo, presentar el espectáculo actual como una ceremonia intacta desde tiempos zapotecos borra siglos de cambios y simplifica una historia compleja. Hay continuidades culturales, sí, pero no una línea recta y sin costuras desde un rito antiguo hasta las gradas contemporáneas.

Durante el periodo virreinal, las fiestas católicas convivieron y se entrelazaron con prácticas indígenas. En Oaxaca adquirió importancia la celebración de la Virgen del Carmen, cuya festividad es el 16 de julio; los lunes posteriores quedaron vinculados a paseos y celebraciones en el Cerro del Fortín. La tradición popular explica el salto de una semana por el aniversario luctuoso de Benito Juárez, ocurrido el 18 de julio, pero esa explicación no basta para todos los calendarios históricos y debe tratarse con cautela. Lo seguro es que los llamados Lunes del Cerro existían antes de que la fiesta adoptara su forma oficial del siglo XX.

Familias suben al Cerro del Fortín durante un paseo popular del siglo XIX.
Familias suben al Cerro del Fortín durante un paseo popular del siglo XIX.

Una fiesta moderna con raíces profundas

La Guelaguetza como gran representación regional tiene una fecha decisiva: 1932. Ese año, después del terremoto de 1931 y en el marco del cuarto centenario de la elevación de Oaxaca al rango de ciudad —entonces llamada Oaxaca de Juárez—, se organizó el Homenaje Racial. Delegaciones de distintas regiones presentaron danzas, música, indumentarias y productos en la Rotonda de las Azucenas, en el Cerro del Fortín. El acto buscaba unidad y recuperación, pero también respondió a la política cultural posrevolucionaria, empeñada en construir una imagen ordenada y pintoresca de la nación.

Aquella puesta en escena no inventó las danzas ni las comunidades, pero sí seleccionó, acomodó y convirtió expresiones locales en un mosaico visible desde la capital del estado. Con los años, el Homenaje Racial se institucionalizó y terminó por conocerse como Guelaguetza. La Rotonda fue sustituida por un auditorio inaugurado en 1974, remodelado después y bautizado como Auditorio Guelaguetza. Así, una palabra ligada a la reciprocidad comunitaria pasó a nombrar también un espectáculo oficial, turístico y mediático.

  1. 1La guelaguetza comunitaria: intercambio de bienes, apoyo o trabajo dentro de relaciones de reciprocidad.
  2. 2Los Lunes del Cerro: tradición festiva celebrada los dos lunes posteriores al 16 de julio, salvo ajustes del calendario.
  3. 3La Guelaguetza oficial: presentación de delegaciones regionales organizada por el gobierno estatal en el Auditorio Guelaguetza.
  4. 4Las fiestas locales y alternativas: celebraciones comunitarias, barriales o críticas que también reivindican la palabra y su sentido.

Ocho regiones entran a escena

En su formato más conocido, la fiesta reúne delegaciones de las regiones históricamente presentadas como Cañada, Costa, Istmo, Mixteca, Papaloapan, Sierra Norte, Sierra Sur y Valles Centrales. Desde 2019, la división administrativa estatal reconoce también a la Sierra de Flores Magón como región, antes llamada Cañada; la programación y el imaginario festivo no siempre cambian al mismo ritmo que los mapas oficiales. Cada delegación lleva repertorios elegidos y preparados: sones, jarabes, chilenas, danzas, bandas, vestidos y objetos que aluden a su comunidad. Al final de algunas presentaciones, se arrojan al público frutas, panes, sombreros o productos regionales: una traducción escénica del acto de compartir.

Bailarina ejecuta Flor de Piña con una piña apoyada en el hombro.
Bailarina ejecuta Flor de Piña con una piña apoyada en el hombro.

No todo lo que aparece en el escenario es una supervivencia ancestral. Un ejemplo célebre es Flor de Piña, coreografía creada en 1958 por Paulina Solís Ocampo para representar a Tuxtepec, acompañada por la melodía homónima de Samuel Mondragón. Su juventud histórica no la vuelve falsa: las tradiciones también se crean, se adoptan y adquieren significado con el tiempo. Lo importante es no vender como reliquia milenaria lo que tiene autora, fecha y contexto, porque la verdad suele bailar mejor sin disfraz.

La selección de delegaciones genera debates inevitables: quién representa a quién, qué indumentaria se considera auténtica, qué danzas quedan fuera y cuánto pesa la mirada turística. También se discuten el costo de los boletos, el control gubernamental y la distancia entre la noción comunitaria del don y un espectáculo de gran escala. A la vez, para muchas personas participantes, acudir significa orgullo, disciplina, memoria familiar y oportunidad de mostrar una cultura viva. Ambas cosas pueden ser ciertas: una fiesta puede ser entrañable y estar atravesada por poder, comercio y decisiones institucionales.

Lo que se entrega vuelve

Preguntar qué es la Guelaguetza exige entonces responder en plural. Es una ética de reciprocidad de raíz zapoteca; es una costumbre de cooperación que sigue viva; es el nombre moderno de los Lunes del Cerro; y es un escenario donde Oaxaca se representa, se celebra y también se discute. Reducirla a “la máxima fiesta de los oaxaqueños” sirve para el cartel, pero deja fuera las preguntas más interesantes. Tampoco hay una sola Oaxaca: el estado reúne pueblos zapotecos, mixtecos, mixes, mazatecos, chinantecos, chatinos, triquis, ikoots, afromexicanos y muchos más, cada cual con historias que no caben en una coreografía de diez minutos.

Varias manos entregan y reciben una canasta con maíz, pan y flores.
Varias manos entregan y reciben una canasta con maíz, pan y flores.

Quizá por eso conviene mirar la fiesta con alegría y con atención. Disfrutar la banda, el movimiento de los textiles y la lluvia de fruta no impide preguntar quién organizó la imagen que vemos ni escuchar a las comunidades fuera del auditorio. La historia de la Guelaguetza no es la de una pieza arqueológica, sino la de una práctica transformada por el tiempo, la religión, el Estado, el turismo y la voluntad de los pueblos. Cuando termina la música, permanece su idea más fértil: una comunidad no se sostiene por lo que guarda, sino por lo que sabe poner en circulación.

Para seguir leyendo
  • Lizama Quijano, Jesús. La Guelaguetza en Oaxaca: fiesta, relaciones interétnicas y procesos de construcción simbólica en el contexto urbano. CIESAS, 2006.
  • Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas (INPI), materiales de divulgación sobre la Guelaguetza y los pueblos indígenas de Oaxaca.
  • Secretaría de las Culturas y Artes de Oaxaca, Archivo Histórico de la Guelaguetza.
  • Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), artículos de difusión sobre los Lunes del Cerro y la historia de la Guelaguetza.
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