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La Independencia de México no empezó como nos la contaron

En 1810, Hidalgo no llamó a fundar de inmediato una república separada de España: encabezó una rebelión en nombre de Fernando VII, el rey cautivo. La guerra comenzó como una disputa por la soberanía dentro de una monarquía en crisis y terminó, once años después, en una independencia conservadora, católica y monárquica.

Agosto 2026 · 9 min de lectura
La Independencia de México no empezó como nos la contaron

La escena escolar parece clarísima: Miguel Hidalgo toca una campana, grita “¡Viva México!” y anuncia que la nación ha decidido sacudirse tres siglos de dominio español. Es una imagen eficaz para el calendario, pero demasiado ordenada para una madrugada tan confusa como la del 16 de septiembre de 1810. Los primeros insurgentes no compartían un programa único, y muchos no buscaban romper de inmediato con la monarquía española. La Independencia comenzó, en buena medida, como una lucha por decidir quién podía gobernar Nueva España mientras el rey legítimo estaba cautivo.

Un reino sin rey

Para entenderlo hay que cruzar el Atlántico. En 1808, Napoleón Bonaparte invadió España, obligó a Carlos IV y a Fernando VII a abdicar en Bayona y colocó en el trono a su hermano José Bonaparte. La monarquía quedó descabezada y sus territorios enfrentaron una pregunta explosiva: si el rey legítimo no podía gobernar, ¿dónde residía la soberanía? En España surgieron juntas que decían ejercerla provisionalmente en nombre de Fernando VII; en América, varios grupos preguntaron por qué ellos no podían hacer lo mismo.

Nueva España no era entonces una colonia administrada exactamente como las del imperialismo del siglo XIX, sino un reino de la Monarquía Hispánica, aunque subordinado a autoridades peninsulares y atravesado por profundas desigualdades. Sus élites criollas —españoles nacidos en América— tenían riqueza e influencia local, pero resentían límites para ocupar ciertos puestos y las reformas centralizadoras de los Borbones. A esto se sumaban los impuestos, las crisis agrícolas, las tensiones en pueblos indígenas y haciendas, y el descontento de castas y trabajadores urbanos. El cautiverio del rey no creó esos agravios, pero abrió una grieta por donde todos salieron, cada quien con su propia cuenta pendiente.

Regidores del Ayuntamiento de México discuten en 1808 bajo un retrato de Fernando VII.
Regidores del Ayuntamiento de México discuten en 1808 bajo un retrato de Fernando VII.

Viva Fernando, muera el mal gobierno

La conspiración de Querétaro, en la que participaron Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama, Josefa Ortiz de Domínguez y otros, fue descubierta antes de la fecha prevista para el levantamiento. Hidalgo llamó entonces a sus feligreses en Dolores durante la madrugada del 16 de septiembre. No existe una transcripción literal y contemporánea de sus palabras; las versiones del famoso Grito fueron escritas después y difieren entre sí. Por eso conviene desconfiar tanto del “¡Viva México!” perfectamente ensayado como de cualquier reconstrucción que asegure conocer cada frase pronunciada junto a la parroquia.

Lo que sí muestran proclamas, testimonios y consignas insurgentes es la presencia de Fernando VII como bandera de legitimidad. Se gritaba viva el rey cautivo y se denunciaba al “mal gobierno”, a los gachupines o al dominio de los europeos peninsulares. Eso no vuelve dócil al movimiento: reclamar el gobierno en nombre del monarca podía ser una fórmula prudente, una convicción sincera o un lenguaje compartido para reunir fuerzas distintas. En el mundo político de 1810, invocar al rey no era una decoración; permitía rebelarse contra autoridades concretas sin declarar, todavía, que toda la monarquía carecía de legitimidad.

“¡Viva la religión! ¡Viva nuestra Madre Santísima de Guadalupe! ¡Viva Fernando VII! ¡Viva la América y muera el mal gobierno!” —versión del Grito atribuida a Hidalgo por Juan Aldama en su declaración de 1811; no es una transcripción literal de aquella madrugada.

La multitud que se sumó a Hidalgo tampoco era una asamblea de constitucionalistas con acta y café. Campesinos, indígenas, trabajadores de minas, artesanos, rancheros y miembros de castas entraron en una movilización gigantesca donde se mezclaban la lealtad religiosa, el rechazo a autoridades locales, agravios por tierras y tributos, hambre y expectativas de justicia. Hidalgo abolió la esclavitud en Guadalajara y ordenó suspender tributos que pesaban sobre las castas, medidas radicales para el orden novohispano. La violencia insurgente —como la matanza de españoles en la Alhóndiga de Granaditas— y la brutal represión realista hicieron imposible presentar la guerra como una ceremonia cívica con campana incluida.

Multitud insurgente avanza alrededor de un estandarte de la Virgen de Guadalupe en 1810.
Multitud insurgente avanza alrededor de un estandarte de la Virgen de Guadalupe en 1810.

La independencia se fue inventando

Decir que el movimiento no nació con una intención unánime de separarse de la Corona no significa que nadie pensara en la independencia. Las ideas cambiaron con la guerra, y la ruptura fue ganando claridad conforme se cerraron las vías de conciliación y creció la represión. Tras la captura y ejecución de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez en 1811, Ignacio López Rayón intentó organizar el movimiento mediante la Suprema Junta Nacional Americana. Sus Elementos Constitucionales todavía reconocían que la soberanía emanaba del pueblo, pero se depositaba en Fernando VII: una mezcla que hoy parece contradictoria y entonces tenía lógica política.

José María Morelos empujó la causa a otro sitio. En los Sentimientos de la Nación, presentados al Congreso de Chilpancingo el 14 de septiembre de 1813, pidió que América fuera “libre e independiente de España y de toda otra Nación, Gobierno o Monarquía”. La formulación ya no dejaba una silla reservada para Fernando VII. En noviembre, el Congreso declaró formalmente rota la dependencia del trono español, y en 1814 promulgó en Apatzingán un decreto constitucional republicano, aunque la guerra impidió aplicarlo de manera efectiva.

  1. 11808: la invasión napoleónica provoca una crisis de legitimidad en toda la Monarquía Hispánica.
  2. 21810: la insurrección de Hidalgo combate al gobierno virreinal invocando, entre otras banderas, a Fernando VII.
  3. 31811: López Rayón busca organizar una soberanía americana todavía vinculada nominalmente al rey.
  4. 41813: Morelos y el Congreso de Chilpancingo declaran la independencia con claridad.
  5. 51814: la Constitución de Apatzingán propone un orden representativo y republicano.
  6. 61821: el Plan de Iguala consuma la separación mediante una monarquía católica independiente.

La ruta, por tanto, no fue del Grito a la bandera tricolor en línea recta. Hubo proyectos autonomistas, monárquicos, republicanos y populares; también desacuerdos sobre la propiedad, la igualdad, la religión y el lugar de las corporaciones. Algunos insurgentes querían transformar profundamente la sociedad; otros aspiraban sobre todo a que los americanos gobernaran su propio reino. La palabra “independencia” acabó reuniéndolos, pero nunca borró sus diferencias. Las revoluciones, como los moles familiares, suelen compartir nombre y discutir los ingredientes.

Morelos entrega los Sentimientos de la Nación al Congreso de Chilpancingo en 1813.
Morelos entrega los Sentimientos de la Nación al Congreso de Chilpancingo en 1813.

1821: separarse para conservar

Después de la ejecución de Morelos en 1815, la insurgencia sobrevivió en focos regionales, entre ellos los encabezados por Vicente Guerrero y Guadalupe Victoria. Mientras tanto, Fernando VII había vuelto al trono en 1814 y restaurado el absolutismo. El giro decisivo llegó en 1820, cuando una revolución liberal en España obligó al rey a restablecer la Constitución de Cádiz de 1812. En Nueva España, sectores del clero y de las élites temieron que el nuevo régimen liberal redujera privilegios eclesiásticos y corporativos; la separación, antes peligrosa para el orden, empezó a parecer un modo de protegerlo.

Agustín de Iturbide, antiguo comandante realista, negoció con Guerrero y proclamó el Plan de Iguala el 24 de febrero de 1821. Sus Tres Garantías fueron religión católica, independencia y unión entre americanos y europeos. El nuevo país no se imaginaba como república, sino como monarquía constitucional: la corona se ofrecería primero a Fernando VII o a otro príncipe de una casa reinante europea. La paradoja es deliciosa y feroz: México consumó su independencia de España ofreciendo su trono al rey de España.

El Ejército Trigarante entró en la Ciudad de México el 27 de septiembre de 1821 y al día siguiente se firmó el Acta de Independencia. El Imperio Mexicano nació con Iturbide como figura dominante y, en 1822, como emperador Agustín I. Duró poco: fue derrocado en 1823 y la república federal se estableció al año siguiente. Consumación, imperio y república fueron capítulos distintos; juntarlos en una sola escena produce una historia limpia, pero no una historia cierta.

El Ejército Trigarante entra en la Ciudad de México bajo banderas de las Tres Garantías en 1821.
El Ejército Trigarante entra en la Ciudad de México bajo banderas de las Tres Garantías en 1821.

Ni mentira ni estampita

Entonces, ¿es falso decir que Hidalgo inició la Independencia? No: su rebelión abrió una guerra que destruyó el orden virreinal y puso en movimiento fuerzas que ya no pudieron guardarse de nuevo en la sacristía. Lo falso sería atribuirle, desde la primera campanada, un programa nacional idéntico al que triunfó once años después. También sería engañoso afirmar que todo fue una maniobra monárquica sin aspiraciones emancipadoras: Morelos y el Congreso de Chilpancingo desmienten esa comodidad.

La memoria oficial escogió símbolos capaces de unir épocas incompatibles: Hidalgo como Padre de la Patria, Morelos como arquitecto político, Guerrero e Iturbide como consumadores, y el Grito como nacimiento instantáneo de México. Es comprensible; las naciones necesitan relatos que puedan pronunciarse desde un balcón sin pedir intermedio. Pero la historia sirve mejor cuando muestra las costuras: la lealtad a Fernando VII, el autonomismo criollo, las demandas populares, el republicanismo insurgente y el conservadurismo de 1821 convivieron, chocaron y se transformaron. No hay que retirar a Hidalgo de la plaza, sólo dejar de ponerle palabras que todavía no podía decir.

México no despertó independiente en una madrugada; se volvió independiente a través de once años de guerra, derrotas, pactos y mudanzas ideológicas. La intención inicial no fue una sola, porque tampoco existía un solo país imaginado por todos. La ruptura con España terminó siendo más profunda que el proyecto de muchos de sus primeros participantes y, a la vez, más conservadora de lo que habían querido varios insurgentes. Quizá ésa sea la idea que queda sonando después de la campana: una nación no nace cuando todos saben adónde van, sino cuando ya no pueden volver intactos al lugar del que salieron.

Para seguir leyendo
  • Virginia Guedea, En busca de un gobierno alterno: los Guadalupes de México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1992.
  • Ernesto Lemoine Villicaña (ed.), Morelos: su vida revolucionaria a través de sus escritos y de otros testimonios de la época, Universidad Nacional Autónoma de México, 1965.
  • Jaime E. Rodríguez O., La independencia de la América española, Fondo de Cultura Económica / El Colegio de México, 1996.
  • Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM), documentos de la Independencia: Plan de Iguala, Tratados de Córdoba y Acta de Independencia.
  • El Colegio de México, Nueva historia general de México, 2010.
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