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La lotería mexicana: de los sorteos europeos al grito sobre la mesa

De los sorteos europeos a las ferias mexicanas, la lotería recorrió siglos antes de reunir al gallo, la sirena y el catrín. Esta es la historia de sus imágenes, sus pregones y la baraja que convirtió el azar en conversación colectiva.

Agosto 2026 · 10 min de lectura
La lotería mexicana: de los sorteos europeos al grito sobre la mesa

Alguien levanta una carta y canta: “¡El que le cantó a san Pedro!”. Sobre la mesa, los frijoles brincan de una casilla a otra; una niña busca la campana, la abuela vigila al tramposo y, tarde o temprano, alguien grita “¡Lotería!” con una alegría que ningún premio modesto alcanza a explicar. Pocas imágenes parecen tan mexicanas como ese rectángulo poblado por la sirena, el catrín, el diablito y el nopal. Sin embargo, la lotería no nació completa ni apareció por generación espontánea entre papel picado y jarritos: es el resultado de siglos de viajes, adaptaciones comerciales y apropiaciones populares.

De Italia a la Nueva España

Los antecedentes de la lotería mexicana se encuentran en juegos europeos de sorteo y apuesta. En la Italia del siglo XVI se popularizó el lotto, derivado de prácticas en las que se extraían números para determinar ganadores; después, distintas variantes circularon por Francia, España y otros territorios europeos. Algunas empleaban números, otras palabras o imágenes, pero compartían una mecánica sencilla: una persona extraía piezas al azar y los participantes marcaban coincidencias en sus tableros. De esa familia también procede el bingo, primo de oficina parroquial que suele llegar vestido de números.

Conviene distinguir el juego de mesa de las loterías públicas organizadas para recaudar fondos. En la Nueva España, la Real Lotería General comenzó a funcionar en 1771, durante el reinado de Carlos III, y destinó parte de sus beneficios a obras y establecimientos públicos. Aquella institución vendía billetes numerados y otorgaba premios en dinero; no era todavía la baraja ilustrada de 54 cartas que hoy reconocemos. Ambas formas pertenecen a una historia común de azar y sorteo, pero confundirlas sería como asegurar que una baraja española y una quiniela son el mismo animal porque las dos caben en el bolsillo.

Mesa novohispana con un juego de sorteo: bolsas de fichas numeradas, tableros de papel y monedas bajo la luz de una vela.
Mesa novohispana con un juego de sorteo: bolsas de fichas numeradas, tableros de papel y monedas bajo la luz de una vela.
  1. 1Siglo XVI: el lotto italiano consolida una forma de sorteo con números y premios.
  2. 2Siglos XVII y XVIII: juegos emparentados circulan por Europa y adoptan diversas reglas y soportes.
  3. 31771: comienza la Real Lotería General de la Nueva España, institución de billetes y premios monetarios.
  4. 4Siglo XIX: barajas ilustradas de lotería circulan en México y encuentran público en ferias, hogares y reuniones.
  5. 51887: Clemente Jacques registra en México su actividad comercial; su nombre quedará ligado a la versión más difundida de la baraja.

Cuando las imágenes tomaron la mesa

La fecha exacta en que la lotería ilustrada llegó a México no está documentada con la precisión de una acta de nacimiento. Se suele situar su introducción en la época virreinal y afirmar que primero fue entretenimiento de sectores acomodados, antes de extenderse al conjunto de la población; la idea es plausible, aunque muchas versiones populares la repiten sin mostrar documentos concretos. Lo comprobable es que en el siglo XIX ya circulaban en México juegos de lotería con imágenes, favorecidos por la expansión de la imprenta y por espacios de sociabilidad como ferias, plazas, cuarteles y casas. Su éxito dependió de algo muy práctico: no exigía leer con soltura, bastaba reconocer figuras y seguir el pregón.

El mecanismo sigue siendo de una elegancia envidiable. Cada jugador recibe una tabla con una selección de imágenes; el cantor o gritón baraja las cartas, descubre una por una y anuncia la figura; quien completa el patrón acordado —una línea, cuatro esquinas o toda la tabla— gana. Para marcar las casillas sirven fichas, monedas, piedritas y, con frecuencia, granos de maíz o frijol. Es un diseño portátil, barato y adaptable: una pequeña imprenta podía producirlo y una familia podía jugarlo sin más electricidad que la del chisme.

La lotería ilustrada también tiene parentescos europeos muy visibles. Algunas figuras de las barajas mexicanas recuerdan repertorios del lotto pictórico italiano y de juegos franceses: el sol, la luna, la muerte, la sirena, el mundo o la mano forman parte de una larga tradición de emblemas. Pero al instalarse en México, ese vocabulario se mezcló con personajes, objetos y sensibilidades locales. El nopal, el valiente, el catrín, la chalupa o el apache no constituyen un espejo neutral del país: son una selección histórica, a veces pintoresca, a veces incómoda, hecha desde la mirada de su tiempo.

Carta antigua de lotería con un nopal verde sobre fondo claro, bordes gastados y un frijol colocado como marcador.
Carta antigua de lotería con un nopal verde sobre fondo claro, bordes gastados y un frijol colocado como marcador.
“¡Lotería!” no sólo anuncia una victoria: suspende por un instante la charla, la sospecha y la revancha pendiente.

Clemente Jacques y una baraja inolvidable

Si una versión definió el imaginario moderno del juego, fue la asociada con la empresa de Clemente Jacques. Jacques, empresario de origen francés establecido en México, registró en 1887 su actividad comercial y produjo alimentos enlatados, además de naipes y juegos impresos. Su compañía no inventó la lotería mexicana ni todas sus figuras, pero logró imprimir, distribuir y fijar una baraja cuya apariencia se volvió dominante. La marca terminó pegada a la memoria del juego con tanta eficacia que a veces se cuenta la historia al revés y se le atribuye la creación completa.

La llamada lotería de Clemente Jacques consolidó una serie de 54 cartas y tablas de 16 casillas. Su repertorio combina astros, animales, instrumentos, plantas, objetos cotidianos, tipos sociales y figuras alegóricas: el gallo abre a menudo la enumeración y la rana la cierra, mientras en medio conviven el paraguas, la botella, la dama, el borracho, el músico y el corazón. No es un catálogo científico de México, sino una colección heterogénea pensada para ser reconocida de inmediato. Ahí reside buena parte de su potencia: cada imagen es simple, pero juntas forman una multitud.

Esa multitud conserva las marcas de finales del siglo XIX y principios del XX. El catrín encarna al hombre excesivamente elegante; la dama responde a convenciones de género y clase; el borracho convierte una condición social en personaje; el apache usa una denominación genérica y estereotipada para representar a un indígena norteamericano. Mirarlas hoy exige algo más interesante que cancelarlas o venerarlas: permite preguntar quién dibujaba a quién, qué diferencias se consideraban graciosas y qué jerarquías parecían naturales. Una baraja también es un archivo, aunque venga manchado de frijol.

Un gritón de feria levanta la carta del gallo ante una mesa de jugadores que marcan sus tablas con frijoles.
Un gritón de feria levanta la carta del gallo ante una mesa de jugadores que marcan sus tablas con frijoles.

El arte de cantar las cartas

La lotería no está completa con las imágenes: necesita una voz. El gritón puede limitarse a nombrar la carta, pero el juego mexicano desarrolló coplas, acertijos, alusiones y dobles sentidos para anunciarla. “El que le cantó a san Pedro” conduce al gallo; “la cobija de los pobres” suele presentar al sol; “tanto va el cántaro al agua…” deja que el público complete mentalmente la frase. No existe un cancionero único e inmutable: los pregones cambian por región, familia, época y talento para la malicia.

En manos de un buen cantor, cada partida se vuelve una función oral en miniatura. Hay que dar pistas sin regalar demasiado pronto la respuesta, sostener el ritmo y permitir que los jugadores revisen sus tablas. También cabe comentar la vida del barrio: la dama puede parecerse a una vecina, el valiente a un político y el borracho a alguien cuyo nombre, por cortesía, todos conocen. Esa elasticidad explica que el juego sobreviva a su propia iconografía: las cartas son fijas, pero la conversación nunca lo es.

  1. 1El gallo: “El que le cantó a san Pedro”.
  2. 2El sol: “La cobija de los pobres”.
  3. 3El cántaro: “Tanto va el cántaro al agua…”.
  4. 4La escalera: “Súbeme paso a pasito, no quieras pegar brinquitos”.
  5. 5El corazón: “No me extrañes, corazón, que regreso en el camión”.

Estas fórmulas pertenecen a la tradición oral y admiten incontables variantes; buscar una versión “auténtica” y definitiva sería pedirle acta notarial a un albúr. Algunas rimas son relativamente recientes, otras circulan desde hace décadas y muchas nacieron en una mesa concreta antes de viajar a otra. Su autoría suele ser anónima porque el cantor adapta, combina e improvisa. El valor no está sólo en la antigüedad de una frase, sino en la complicidad inmediata que produce cuando alguien reconoce la carta antes de verla.

Un país cabe —y cambia— en 54 cartas

Durante el siglo XX, la lotería se afianzó en kermeses escolares, fiestas patronales, ferias comerciales, reuniones familiares y campañas de beneficencia. Sus premios podían ser dinero, despensa, una vajilla o el derecho glorioso de presumir durante una semana. También se convirtió en material visual para publicidad, diseño y arte popular, y sus figuras pasaron a manteles, carteles, cerámica, ropa y murales. La baraja llegó a parecer una especie de alfabeto nacional, aunque ningún alfabeto sea inocente ni esté terminado.

En décadas recientes han aparecido loterías dedicadas a barrios, lenguas indígenas, oficios, plantas, luchas feministas, diversidad sexual, migración, gastronomías regionales y personajes contemporáneos. Algunas conservan la cuadrícula, el cantor y el frijol; otras trasladan el juego a pantallas o lo usan como recurso educativo. Estas versiones no traicionan una esencia antigua: continúan la adaptación que hizo posible al juego desde sus orígenes europeos. La lotería siempre ha sobrevivido cambiando de imágenes sin renunciar al placer de reconocerlas juntos.

Mesa contemporánea donde conviven cartas tradicionales y nuevas cartas comunitarias, marcadas con maíz y frijol.
Mesa contemporánea donde conviven cartas tradicionales y nuevas cartas comunitarias, marcadas con maíz y frijol.

También conviene resistir la tentación de presentarla como una estampa eterna de “lo mexicano”. El juego llegó desde Europa, tomó formas comerciales modernas y construyó una selección parcial del país; precisamente por eso es profundamente mexicano: no por pureza, sino por mezcla, uso e invención cotidiana. Su historia habla de imprentas, comercio, oralidad y reunión, pero también de la capacidad popular para apropiarse de un objeto y volverlo ritual. México no cabe entero en 54 cartas; por fortuna, cada generación puede barajar otras.

Al final de la partida se recogen los frijoles, se cuentan las sospechas y el mazo vuelve a su caja. Sin embargo, las imágenes permanecen: la luna, la muerte, el corazón y el mundo, cuatro asuntos demasiado grandes para un pedazo de cartón. Tal vez ése sea el secreto de la lotería: hacer que el azar se vuelva relato y que una mesa cualquiera, durante unos minutos, pueda contener una comunidad entera. La próxima carta está boca abajo; lo demás depende de quién la cante.

Para seguir leyendo
  • María José Garrido Asperó, Fiesta y nación en México: notas sobre el juego de la lotería, Instituto Mora.
  • Archivo General de la Nación, México, materiales de divulgación y documentos sobre la Real Lotería General de la Nueva España.
  • Lotería Nacional para la Asistencia Pública, historia institucional de la lotería en México.
  • Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial, Archivo Histórico de Marcas: registros comerciales de Clemente Jacques.
  • Encyclopaedia Britannica, entrada “lottery”, panorama histórico del lotto europeo y las loterías públicas.
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