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San Juan Parangaricutiro: el pueblo que la lava no pudo borrar

El Parícutin nació en 1943 en una milpa michoacana y transformó para siempre la vida de dos comunidades purépechas. Esta es la historia del antiguo San Juan Parangaricutiro, su templo entre la lava y el pueblo que volvió a fundarse lejos del volcán.

Agosto 2026 · 9 min de lectura
San Juan Parangaricutiro: el pueblo que la lava no pudo borrar

En San Juan Parangaricutiro, una torre de piedra asoma entre pliegues de lava negra como si el volcán hubiera intentado tragarse una iglesia y se hubiera quedado a media tarea. La imagen parece una ruina medieval puesta por error en la Meseta Purépecha, pero pertenece a una historia ocurrida a plena luz del siglo XX. El Parícutin nació el 20 de febrero de 1943 en tierras de cultivo y, durante los años siguientes, cubrió campos, caminos y poblados enteros. San Juan no desapareció de la memoria: sus habitantes se trasladaron, levantaron otra comunidad y conservaron un vínculo obstinado con el templo que quedó atrás.

Un volcán nace en la milpa

La tarde del 20 de febrero de 1943, Dionisio Pulido trabajaba cerca del paraje de Cuiyúsuru, en una parcela próxima a Parícutin, Michoacán, cuando la tierra se abrió, comenzó a humear y expulsó ceniza y piedras. Durante semanas ya se habían sentido sismos en la región, pero nadie esperaba ver surgir un volcán en medio del paisaje agrícola. El fenómeno ocurrió dentro del campo volcánico Michoacán-Guanajuato, una extensa zona donde abundan conos monogenéticos: volcanes que forman un edificio durante un solo episodio eruptivo. Dicho sin bata de laboratorio, el Parícutin llegó para estrenar cono, hacer su erupción y no volver a usarlo.

El campesino Dionisio Pulido observa una grieta humeante que se abre en una milpa de Michoacán en 1943.
El campesino Dionisio Pulido observa una grieta humeante que se abre en una milpa de Michoacán en 1943.

El crecimiento fue extraordinariamente rápido. En sus primeras veinticuatro horas, el cono alcanzó decenas de metros; al cabo de un año dominaba ya la comarca y atraía a geólogos, periodistas, fotógrafos, pintores y curiosos. El Servicio Geológico de Estados Unidos envió a William F. Foshag y Jenaro González Reyna, quienes documentaron la erupción desde sus etapas iniciales, algo excepcional para la ciencia de entonces. También llegaron artistas como Gerardo Murillo, el Dr. Atl, fascinado desde hacía años por los volcanes mexicanos y dispuesto a mirarlos tan de cerca como permitieran los pulmones y la prudencia.

La erupción no fue una explosión única, sino un proceso que duró aproximadamente nueve años, hasta 1952. Hubo periodos de abundante ceniza, bombas volcánicas, gases y coladas de lava que avanzaban con velocidades variables, a veces lentas pero inexorables. La ceniza dañó cultivos, contaminó depósitos de agua, afectó a los animales y volvió frágiles los techos de las casas. Antes de que la lava tocara una pared, la vida cotidiana ya había sido desmontada por el volcán grano a grano.

Dos pueblos frente al fuego

Conviene distinguir dos comunidades que a menudo se confunden en los relatos apresurados. Parícutin, el poblado que dio nombre al volcán, quedó sepultado y fue abandonado durante los primeros años de la erupción. San Juan Parangaricutiro, cabecera purépecha situada a varios kilómetros, resistió más tiempo, pero las coladas terminaron por alcanzarla. Cuando se habla del “pueblo bajo la lava” y se muestra la famosa torre, la imagen corresponde al antiguo San Juan Parangaricutiro y, en particular, a su templo.

La población era mayoritariamente purépecha y mantenía una economía ligada al maíz, los bosques, la ganadería y el comercio regional. La erupción no cayó sobre un espacio vacío: alteró propiedades comunales, redes de parentesco, prácticas religiosas y lugares cargados de historia local. El desalojo se realizó de manera progresiva conforme empeoraban la ceniza, los temblores y el avance de la lava. No fue una evacuación cinematográfica con una última carreta perseguida por fuego, sino una pérdida prolongada, con decisiones difíciles y regresos para rescatar imágenes, muebles, herramientas o ganado.

  1. 1Parícutin: poblado cercano al punto donde nació el volcán; fue evacuado y cubierto durante la erupción.
  2. 2Antiguo San Juan Parangaricutiro: cabecera alcanzada después por las coladas; allí permanecen las ruinas del templo.
  3. 3Nuevo San Juan Parangaricutiro: comunidad fundada por los desplazados, también conocida como Nuevo San Juan.
  4. 4Parícutin: nombre usado tanto para el volcán como para el poblado desaparecido, origen frecuente de la confusión.

En 1944 comenzó el traslado de habitantes de San Juan hacia la antigua hacienda de Los Conejos, cerca de Uruapan. Allí surgió Nuevo San Juan Parangaricutiro, hoy llamado también Nuevo San Juan. La mudanza no consistió únicamente en cambiar de coordenadas: implicó rehacer viviendas, autoridades, parcelas, fiestas y espacios sagrados. Se trasladó la imagen del Señor de los Milagros, devoción central de la comunidad, y alrededor de ella se reorganizó parte de la vida ceremonial del nuevo asentamiento.

Familias purépechas trasladan pertenencias y una imagen religiosa desde San Juan Parangaricutiro durante la erupción del Parícutin.
Familias purépechas trasladan pertenencias y una imagen religiosa desde San Juan Parangaricutiro durante la erupción del Parícutin.
“El volcán no sepultó a la comunidad: la obligó a mudarse con sus recuerdos a cuestas.”

La iglesia que no se dejó borrar

La antigua iglesia de San Juan, dedicada al Señor de los Milagros, quedó rodeada y parcialmente cubierta por la lava. En las fotografías actuales destacan una de sus torres, parte de la fachada y el altar o ábside, separados por un terreno abrupto de roca volcánica solidificada. Los muros de la nave no sobrevivieron completos y el conjunto dejó de funcionar como edificio, pero sus fragmentos bastaron para convertirlo en un emblema. No hay misterio sobrenatural en que ciertas partes permanezcan: influyeron la topografía, la trayectoria y el enfriamiento de las coladas, así como la resistencia desigual de la construcción.

A veces se repite que la lava “respetó” el altar porque allí estaba el Señor de los Milagros. Esa interpretación pertenece a la devoción y a la memoria religiosa de la comunidad, no a una explicación geológica. La imagen venerada había sido puesta a salvo y trasladada al nuevo pueblo; lo que quedó entre la lava fue parte de la estructura del santuario. Señalar la diferencia no le quita fuerza al relato: permite entender cómo una ruina puede ser, al mismo tiempo, evidencia material de una erupción y signo espiritual para quienes perdieron su casa.

La torre y el altar del antiguo templo de San Juan Parangaricutiro emergen entre lava negra solidificada.
La torre y el altar del antiguo templo de San Juan Parangaricutiro emergen entre lava negra solidificada.

El paisaje de lava recibe nombres técnicos como colada y malpaís, pero recorrerlo devuelve una lección menos cómoda: la roca que hoy parece inmóvil alguna vez fluyó incandescente. Las superficies ásperas conservan pliegues, bordes y bloques amontonados, mientras pinos, musgos y hierbas avanzan lentamente sobre ellos. La torre funciona como referencia vertical en un territorio rehecho por el fuego. Uno llega buscando una iglesia enterrada y termina mirando cómo el tiempo trabaja sin pala, sin plano y con una paciencia bastante ofensiva.

Memoria purépecha, ciencia y espectáculo

Desde su nacimiento, el Parícutin produjo muchas maneras de contar. Para los vulcanólogos fue una oportunidad extraordinaria de registrar la evolución de un cono monogenético; para la prensa, un prodigio capaz de ocupar portadas; para los artistas, un laboratorio de humo, color y materia. El Dr. Atl publicó en 1950 Cómo nace y crece un volcán. El Parícutin, donde reunió observaciones, imágenes y su particular fervor por la geología. Sus obras ayudaron a fijar una visión grandiosa del fenómeno, aunque la experiencia de los habitantes no cabe entera en un paisaje pintado desde la fascinación.

En la memoria comunitaria, el volcán aparece ligado a la pérdida, pero también a la capacidad de reorganización. Nuevo San Juan no es una nota al pie de la catástrofe: desarrolló instituciones comunales sólidas y una conocida empresa forestal comunitaria, construida décadas después sobre el manejo colectivo del bosque. Ese presente contradice la idea cómoda de que la historia terminó cuando se enfrió la lava. Los pueblos desplazados no se convirtieron en ruinas humanas; hicieron política, economía, fiesta y futuro.

El antiguo templo recibe peregrinos, visitantes y jinetes que llegan desde Angahuan y otras localidades cercanas. La visita sostiene trabajos de guía, renta de caballos, venta de comida y transporte, pero también exige respeto: se atraviesan territorios comunales y un sitio de profundo valor religioso. La lava no es un parque temático ni la torre un decorado para trepar. Entre la curiosidad y la imprudencia hay una frontera tan clara como una roca filosa, y suele cobrar por raspón.

Lo que sigue vivo bajo la piedra

El Parícutin dejó de hacer erupción en 1952, después de formar un cono de unos 424 metros sobre el terreno original y transformar una amplia zona con lava y ceniza. No ha vuelto a presentar actividad eruptiva, algo congruente con su carácter monogenético, aunque la región sigue siendo volcánica y sísmicamente activa. Su historia permitió estudiar desde el crecimiento del cono hasta la evolución de las coladas y la recuperación ecológica del terreno. También mostró que una erupción puede destruir sin producir una gran mortandad: las evacuaciones evitaron un número elevado de víctimas directas, pero el costo social y material fue enorme.

La ruina de San Juan Parangaricutiro suele resumirse con una frase vistosa: “el pueblo que se tragó la lava”. La frase sirve para abrir la puerta, pero no para quedarse a vivir en ella. Detrás están Dionisio Pulido y su parcela, las familias purépechas que abandonaron dos poblados, los científicos que midieron el cono, los artistas que lo convirtieron en imagen y quienes levantaron Nuevo San Juan. La historia verdadera es más interesante que el milagro prefabricado porque reúne tierra, decisiones humanas y memoria sin pedirle permiso al dramatismo.

Hoy la torre todavía sobresale, no como prueba de que el tiempo se detuvo, sino de todo lo contrario. A su alrededor crecieron árboles; en el nuevo pueblo crecieron familias, oficios y celebraciones; sobre la piedra se acumularon relatos. San Juan quedó parcialmente bajo la lava, pero su gente no quedó debajo de su propia historia. Quizá eso sea lo que permanece frente a la iglesia rota: un pueblo puede perder el suelo conocido y, aun así, volver a fundar el mundo.

Para seguir leyendo
  • Luhr, James F. y Tom Simkin, eds. Parícutin: The Volcano Born in a Mexican Cornfield. Geoscience Press, 1993.
  • Foshag, William F. y Jenaro González Reyna. Birth and Development of Parícutin Volcano, Mexico. U.S. Geological Survey Bulletin 965-D, 1956.
  • Murillo, Gerardo (Dr. Atl). Cómo nace y crece un volcán. El Parícutin. Editorial Stylo, 1950.
  • Smithsonian Institution, Global Volcanism Program. “Michoacán-Guanajuato”.
  • Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Geofísica. Materiales de divulgación y estudios sobre el volcán Parícutin.
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