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El viaje al Mictlan: nueve regiones, cuatro años y un perro que conoce el camino

Morir, para los mexicas, no significaba recibir premio o castigo: significaba emprender un viaje. Esta es la ruta del difunto hacia el Mictlan, entre montañas que chocan, vientos de obsidiana y un río que sólo podía cruzarse con ayuda de un perro.

Agosto 2026 · 10 min de lectura
El viaje al Mictlan: nueve regiones, cuatro años y un perro que conoce el camino

Si los antiguos mexicas tenían razón, al morir no te esperan una nube con arpa ni un sótano administrado por demonios. Te aguarda, en cambio, una travesía de cuatro años hacia el Mictlan: un territorio húmedo, frío y difícil, gobernado por Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl. El trayecto suele describirse como nueve regiones o niveles, aunque las fuentes coloniales no siempre coinciden en sus nombres, orden ni detalles. Y antes de preocuparte por montañas asesinas o cuchillos de viento, convendría hacerte una pregunta doméstica: ¿algún perro querrá ayudarte a cruzar?

La imagen popular resume el asunto como “nueve niveles de tortura”, pero eso necesita matiz. El Mictlan no era el infierno cristiano y sus obstáculos no castigaban pecados: eran pruebas del tránsito mortuorio, parte de una geografía sagrada donde el cuerpo, la identidad y la memoria se iban despojando. Tampoco todos los muertos tomaban esa ruta. Para los mexicas, el destino después de la muerte dependía principalmente de cómo se moría, no de si uno había llevado una libreta moral con buenas calificaciones.

Morir no era presentar examen

Quienes morían en combate, en sacrificio o —según las categorías registradas por las fuentes— durante el parto podían vincularse con el recorrido solar; quienes fallecían por causas relacionadas con el agua iban al Tlalocan, dominio fértil de Tláloc. Los niños pequeños tenían otro destino, asociado en ciertas fuentes con Chichihuacuauhco, el lugar del árbol nodriza. Al Mictlan iban sobre todo quienes morían de una muerte considerada común. La muerte mexica, pues, organizaba destinos por circunstancias y fuerzas cósmicas, no mediante la sencilla contabilidad de cielo para buenos e infierno para malos.

Personas preparan un bulto mortuorio mexica acompañado de mantas, papeles y ofrendas para el viaje al Mictlan.
Personas preparan un bulto mortuorio mexica acompañado de mantas, papeles y ofrendas para el viaje al Mictlan.

El viaje comenzaba con el tratamiento ritual del cadáver y con ofrendas útiles para el camino. Fray Bernardino de Sahagún registró que, al morir una persona, se le hablaba y preparaba para atravesar diversos lugares; después, el cuerpo podía ser cremado junto con sus pertenencias y papeles rituales. También se depositaban objetos y alimentos, porque hasta el más metafísico de los viajes agradece provisiones. La arqueología y los testimonios coloniales muestran variaciones según época, región y condición social: no hubo un manual funerario único repartido por todo el mundo nahua.

“He aquí que ya te vas al lugar del misterio, al lugar donde todos pierden su nombre.” —Paráfrasis de las fórmulas funerarias nahuas recogidas por fray Bernardino de Sahagún

El perro en la orilla

La primera gran prueba era cruzar un río, llamado en distintas reconstrucciones Apanohuacalhuia o Chiconahuapan, “río de nueve aguas”. Allí aparecía un perro que ayudaba al difunto a alcanzar la otra orilla. La tradición moderna suele identificarlo exclusivamente con el xoloitzcuintle, y hay buenas razones culturales para asociarlos, pero las fuentes hablan de perros en general y distinguen su color. Sahagún anotó que se sacrificaba un perro de color bermejo para acompañar al muerto; el negro, según ese relato, decía estar manchado, y el blanco afirmaba estar recién lavado.

Aquí entra la advertencia que ha sobrevivido con fuerza: quien maltrataba a los perros podía quedarse sin guía, pues el animal reconocería a la persona ingrata y se negaría a cargarla. No sabemos si esta idea funcionó exactamente igual en todas las comunidades nahuas, pero expresa algo profundo: el vínculo creado en vida tenía consecuencias más allá de ella. La primera prueba no destruía literalmente el alma por falta de xolo, como anuncia el terror contemporáneo; más bien podía dejar al muerto varado, sin paso y sin compañía. Para una civilización de caminos, mercados y peregrinaciones, no avanzar quizá era una forma más inquietante de perderse.

Un xoloitzcuintle rojizo ayuda a un difunto a cruzar el río que conduce al Mictlan.
Un xoloitzcuintle rojizo ayuda a un difunto a cruzar el río que conduce al Mictlan.

Una geografía que muerde

Tras el río venían regiones capaces de convertir cualquier excursión en mala idea. Se mencionan dos montañas que chocaban entre sí; un cerro erizado de obsidiana; parajes de frío cortante; un lugar donde tremolaban banderas; otro donde las personas eran asaeteadas; y espacios en los que fieras devoraban el corazón. Los nombres nahuas varían entre fuentes y reconstrucciones modernas —Itztepetl, Cehuecayan, Pancuecuetlacayan, Temiminaloyan, entre otros—, por lo que conviene desconfiar de las infografías que presentan una ruta perfectamente cerrada, como si el inframundo hubiera tenido señalización de aeropuerto.

  1. 1Atravesar el río de las aguas extendidas con la ayuda de un perro.
  2. 2Pasar entre dos montañas que se juntan y chocan.
  3. 3Cruzar una montaña o senda cubierta de filos de obsidiana.
  4. 4Resistir regiones de viento helado que cortaba como piedra.
  5. 5Superar parajes de banderas agitadas y flechas invisibles.
  6. 6Entregar o perder partes de la identidad corporal, incluido el corazón en algunas versiones.
  7. 7Presentarse, después de cuatro años, ante Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl.

La lista anterior combina elementos asentados en descripciones coloniales y en estudios comparativos, pero no debe confundirse con una transcripción literal de un solo códice. La idea de nueve regiones se relaciona con una concepción vertical del cosmos: cielos arriba, superficie terrestre en medio e inframundo abajo. En ese paisaje, el muerto se volvía cada vez más ligero al abandonar aquello que lo ligaba al mundo de los vivos. No era un videojuego con nueve jefes finales; era una lenta transformación.

Dos montañas animadas chocan mientras un difunto intenta encontrar el momento para atravesarlas.
Dos montañas animadas chocan mientras un difunto intenta encontrar el momento para atravesarlas.

La obsidiana merece atención porque no era utilería macabra. Con ella se fabricaban navajas, puntas y objetos rituales; pulida, podía servir como espejo, superficie en la que ver era también entrar en relación con fuerzas invisibles. Que el camino de los muertos estuviera lleno de filos y vientos de obsidiana unía experiencia material e imaginación religiosa: todos conocían su belleza brillante y su capacidad de abrir la carne. El Mictlan hablaba con cosas del mundo cotidiano, sólo que llevadas a una escala donde hasta el paisaje tenía dientes.

Los señores del silencio

Al final se encontraba Mictlantecuhtli, “señor del lugar de los muertos”, acompañado por Mictecacíhuatl, su contraparte femenina. En esculturas y códices, él aparece con cuerpo descarnado, mandíbula abierta, cabellos oscuros y adornos relacionados con huesos, ojos o papel. No era Satanás con tocado de plumas: era una deidad necesaria dentro del equilibrio cósmico, poderosa y temible, pero no la fuente absoluta del mal. Confundirlo con el diablo dice más de los evangelizadores europeos que de la religión mexica.

Uno de los relatos más célebres lo presenta enfrentándose a Quetzalcóatl, quien desciende al Mictlan para recuperar los huesos de generaciones anteriores y crear con ellos a la humanidad presente. Mictlantecuhtli impone condiciones, tiende una trampa y provoca que los huesos se rompan; Quetzalcóatl logra llevarse los fragmentos, que luego son molidos y mezclados con sangre divina. Se trata de un mito cosmogónico conservado en fuentes coloniales, no de una crónica histórica. Su belleza está en la conclusión: estamos hechos de restos recuperados, accidentes y una deuda con quienes existieron antes.

Mictlantecuhtli recibe las ofrendas del difunto al final del viaje por el inframundo.
Mictlantecuhtli recibe las ofrendas del difunto al final del viaje por el inframundo.

Después de cuatro años, el difunto ofrecía sus bienes a los señores del Mictlan y alcanzaba el descanso definitivo. Algunas interpretaciones hablan de disolución, desaparición o reposo sin retorno, pero las fuentes no entregan una definición única de lo que permanecía de la persona. El pensamiento nahua reconocía varias entidades anímicas vinculadas con el corazón, la cabeza, el aliento y la sombra; traducirlas todas como “alma” aplana una concepción mucho más compleja. Lo que llegaba al fondo no era, sencillamente, un fantasma europeo vestido de mexica.

En el Mictlan no se castigaba una vida: se terminaba de cruzar una muerte.

Quizá por eso el viaje sigue inquietándonos. No promete justicia instantánea ni una eternidad cómoda; propone que morir también requiere tiempo, ayuda y desprendimiento. El perro junto al río recuerda que nadie cruza por completo a solas y que la ternura ofrecida a una criatura puede convertirse, llegado el momento, en orientación. Si los antiguos mexicas tenían razón, más vale no buscar un atajo al cielo: conviene haber tratado bien a quien conoce la otra orilla.

Para seguir leyendo
  • Fray Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de Nueva España, Libro III, apéndice: “De los que iban al infierno y de sus obsequias” (Códice Florentino).
  • Alfredo López Austin, Cuerpo humano e ideología. Las concepciones de los antiguos nahuas, Universidad Nacional Autónoma de México.
  • Eduardo Matos Moctezuma, Muerte a filo de obsidiana. Los nahuas frente a la muerte, Fondo de Cultura Económica.
  • Michel Graulich, Le sacrifice humain chez les Aztèques, Fayard.
  • Instituto Nacional de Antropología e Historia, Mediateca INAH y contenidos de divulgación sobre Mictlantecuhtli, prácticas funerarias y cosmovisión mexica.
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