Primero se oye la banda; luego aparece una multitud que parece haber escapado de un sueño con demasiado mezcal y excelente sentido del ritmo. Por las calles de San Martín Tilcajete avanzan diablos, viejos, novias, animales y personajes embadurnados de pintura, mientras las máscaras talladas convierten cada gesto en teatro. La escena es festiva, pero no decorativa: aquí el cuerpo se vuelve lienzo, la calle funciona como escenario y la risa tiene permiso de señalar lo que el resto del año se dice en voz baja. El carnaval no se contempla a distancia; se atraviesa entre música, polvo, color y una que otra autoridad puesta de cabeza.
Antes del silencio, el estruendo
San Martín Tilcajete se encuentra al sur de la ciudad de Oaxaca, en el distrito de Ocotlán y dentro de los Valles Centrales. Es una comunidad zapoteca conocida hoy por sus tallas de madera de copal, aunque su vida ritual y artística no cabe en el anaquel de una tienda. El carnaval se celebra en los días anteriores al Miércoles de Ceniza, cuando el calendario católico abre un último espacio de exceso antes de la Cuaresma. Como ocurre en muchas fiestas populares, esa estructura religiosa convive con memorias comunitarias, oficios locales y formas de representación que han cambiado con las generaciones.
No existe una fecha única y bien documentada que permita afirmar: “aquí comenzó el carnaval de Tilcajete”. Las fiestas carnavalescas llegaron a la Nueva España con tradiciones europeas y se transformaron durante siglos en contacto con poblaciones indígenas y mestizas. En Oaxaca tomaron formas locales distintas: comparsas, disfraces, música de viento, inversiones de género, parodias de boda y figuras demoniacas. Conviene resistir la tentación de declarar prehispánico todo lo vistoso; la historia rara vez trabaja con etiquetas tan cómodas.

El cuerpo hace de máscara
Una de las imágenes más reconocibles del carnaval es la de los participantes pintados de negro o cubiertos con pigmentos de colores. Según los testimonios y recuentos locales, en otros tiempos se utilizaron materiales disponibles como tizne o carbón; en épocas recientes se incorporaron pinturas comerciales y diseños cada vez más elaborados. Sobre la piel aparecen rayas, puntos, esqueletos, emblemas y criaturas que dialogan con las máscaras. La transformación empieza antes de salir a la calle: pintar a alguien requiere tiempo, confianza y la paciencia de quien sabe que el sudor también participará en el diseño.
Las máscaras no ocultan solamente una identidad: prestan otra. Hay diablos de cejas feroces, animales con hocicos imposibles y rostros humanos llevados hasta la caricatura, todos modelados por manos habituadas a leer las vetas de la madera. Tilcajete posee una importante tradición de talla en copal, consolidada comercialmente durante la segunda mitad del siglo XX, y el carnaval muestra una faceta distinta de esa destreza. Una pieza hecha para bailar debe soportar movimiento, calor, golpes accidentales y varias horas de algarabía; no basta con que se vea bonita en una repisa.
En carnaval, la máscara no es escondite: es permiso.
Llamar “alebrijes” a todas las tallas oaxaqueñas es práctico, pero aplana una historia más interesante. Pedro Linares creó en la Ciudad de México, durante la década de 1930, los alebrijes de cartonería: animales fantásticos nacidos, según su propio relato, de una visión durante una enfermedad. En pueblos oaxaqueños como San Martín Tilcajete y Arrazola se desarrolló después una vigorosa producción de figuras de madera de copal, frecuentemente comercializadas con el mismo nombre. Las máscaras del carnaval se relacionan con ese universo artesanal, pero cumplen una función ritual y performática: están hechas para encarnar personajes en comunidad.
- 1Pintura corporal: convierte la piel en superficie gráfica y borra temporalmente la apariencia cotidiana.
- 2Máscara tallada: amplifica el gesto y vincula la fiesta con el oficio local de la madera.
- 3Vestuario: exagera edades, géneros, oficios y jerarquías hasta volverlos parodia.
- 4Música de banda: ordena el recorrido, convoca al pueblo y mantiene en marcha a los personajes.
- 5Calle: no es un simple fondo; es el escenario compartido donde público e intérpretes se mezclan.

Una boda que no firma el juez
Entre las representaciones asociadas al carnaval aparecen las bodas de burla, con novios, novias, padrinos y autoridades que interpretan ceremonias deliberadamente disparatadas. Con frecuencia, los papeles femeninos son asumidos por hombres y los masculinos pueden exagerarse hasta lo absurdo. No se trata sólo de ponerse un vestido para provocar carcajadas: la inversión trastoca, por unas horas, reglas sobre género, prestigio y decoro. Eso no vuelve automáticamente progresista cada chiste —la risa también carga prejuicios de su tiempo—, pero sí convierte la fiesta en un espacio donde las normas pueden ser actuadas, deformadas y discutidas.
La comparsa construye su argumento mientras avanza. Puede parodiar un casamiento, remedar a personajes públicos o incorporar noticias recientes, porque el carnaval no está congelado en una supuesta pureza ancestral. Los participantes ensayan papeles y organizan recorridos, aunque la respuesta del público introduce una dosis saludable de improvisación. Un ademán, una caída calculada o una frase oportuna pueden convertirse en el centro de la escena. Si el teatro suele pedir que apaguemos el teléfono, aquí el mundo entero entra con notificaciones incluidas.
Esta licencia tiene límites marcados por la propia comunidad. La burla funciona porque existe un tejido social capaz de reconocer al personaje, entender la alusión y distinguir el juego de una agresión. Quien mira desde fuera puede quedarse con la superficie —el maquillaje, los cuernos, la foto espectacular— y perder la conversación interna. El verdadero guion está hecho de parentescos, memorias, rivalidades, acontecimientos del año y acuerdos que no siempre necesitan anunciarse por altavoz.

Arte que camina y suda
Mirado desde el arte, el carnaval reúne disciplinas que los museos suelen colocar en salas separadas. Hay escultura en la máscara, pintura en el cuerpo, diseño en el atuendo, música en la banda, danza en el recorrido y teatro en la representación. También hay una práctica menos visible: la organización colectiva que hace posible la fiesta. Sin quienes tallan, pintan, cosen, interpretan, cocinan, convocan y acompañan, no hay obra; hay apenas utilería esperando turno.
Su carácter efímero no lo vuelve menor. Al contrario, obliga a pensar el arte fuera del objeto permanente y de la firma individual: una máscara puede conservarse, pero la manera en que un personaje inclinó la cabeza ante la banda sólo vive en la memoria, la fotografía o el relato. Cada edición repite una estructura y al mismo tiempo la modifica, pues cambian los participantes, las bromas, las pinturas y aquello que el pueblo necesita poner en escena. La tradición no es una vitrina sellada; se parece más a una herramienta que conserva su mango porque muchas manos la siguen usando.
La fama de las tallas de Tilcajete y la circulación de imágenes en redes sociales han dado al carnaval una visibilidad creciente. Eso puede apoyar el trabajo artesanal y atraer visitantes, pero también favorece lecturas rápidas que convierten una celebración comunitaria en fondo para una sesión fotográfica. Asistir exige algo más que apuntar la cámara: conviene preguntar antes de retratar de cerca, no interrumpir el paso de las comparsas, evitar tocar máscaras o cuerpos pintados y atender las indicaciones locales. La hospitalidad no es un pase de prensa ilimitado.
- 1Consulta las fechas con el municipio o con instancias culturales de Oaxaca: cambian cada año según el calendario de Cuaresma.
- 2Pide permiso antes de fotografiar retratos, procesos de pintura o menores de edad.
- 3Compra directamente a talleres y pregunta por materiales, autoría y cuidados de la pieza.
- 4No reduzcas a los participantes a “seres exóticos”; son vecinos interpretando una tradición propia.
- 5Observa la música, la organización y la sátira, no sólo las máscaras más llamativas.

Al terminar la jornada, la pintura se cuartea, el polvo apaga algunos colores y los músicos conocen el peso exacto de cada compás. Las máscaras vuelven al taller o a la casa, pero el pueblo ya se ha mirado bajo otra luz: más feroz, más cómica y quizá más sincera. El carnaval de San Martín Tilcajete demuestra que una obra de arte también puede durar lo que tarda una comparsa en doblar la esquina. Después queda la idea difícil de lavar: a veces necesitamos otra cara para reconocer la nuestra.
- Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), Sistema de Información Cultural: registros y materiales de consulta sobre San Martín Tilcajete y sus expresiones culturales.
- Secretaría de Cultura, Sistema de Información Cultural (SIC), ficha municipal de San Martín Tilcajete, Oaxaca.
- Chibnik, Michael. Crafting Tradition: The Making and Marketing of Oaxacan Wood Carvings. University of Texas Press, 2003.
- López García, Pablo. Los alebrijes de Oaxaca: tallas de madera. Gobierno del Estado de Oaxaca / Instituto Oaxaqueño de las Culturas, 1997.
- Real Academia Española, Diccionario de la lengua española, entrada “carnaval” y Diccionario histórico de la lengua española.




