Un alebrije puede tener dientes de cocodrilo, patas de gallo, alas de murciélago y la mirada incómodamente segura de quien sabe que dominará la sala. Parece una criatura llegada de un mito antiquísimo, quizá rescatada de algún códice secreto. Pero no: los alebrijes son bastante jóvenes y su historia comienza en el siglo XX, no en el mundo prehispánico. Su origen documentado está en la Ciudad de México, en el oficio de la cartonería y en la imaginación de Pedro Linares López; más tarde, Oaxaca dio a la idea otra materia, otros autores y una vida propia.
Primero fue el papel
Pedro Linares López nació en 1906 en la Ciudad de México, dentro de una familia dedicada a la cartonería. Este oficio transforma papel, cartón, engrudo, alambre y moldes en objetos festivos o rituales: piñatas, máscaras, caballitos, figuras de Judas y esqueletos, entre muchos otros. No era un artista aislado esperando una revelación romántica, sino un artesano formado en un taller familiar y en una tradición urbana con técnicas, clientela y calendario propios. Conviene recordarlo porque los grandes hallazgos también ocurren con las manos ocupadas.
La versión más difundida cuenta que, hacia la década de 1930, Linares enfermó y durante un episodio febril soñó un bosque extraño poblado por animales imposibles. Las criaturas combinaban partes de distintas especies y repetían una palabra hasta entonces inexistente: “alebrijes”. Al recuperarse, habría intentado reconstruirlas con la técnica que conocía, modelando armazones y cubriéndolos con papel antes de pintarlos con colores intensos. Es un relato transmitido por la familia y repetido por instituciones culturales; explica la invención, pero sus detalles pertenecen a la memoria oral, no a un acta notarial del sueño.
La leyenda dice que las criaturas gritaban una sola palabra: “¡alebrijes, alebrijes, alebrijes!”.

Aquellas figuras no copiaban un animal reconocible: jugaban a desobedecer la zoología. Linares hizo criaturas de cartón con fauces, escamas, plumas, cuernos y colores que no pedían permiso a la naturaleza. La novedad no consistía sólo en mezclar especies, algo presente desde hacía siglos en numerosas culturas, sino en dar a esos seres una forma, un nombre y un lenguaje visual dentro de la cartonería mexicana moderna. El alebrije original fue, pues, una escultura de papel nacida en un taller capitalino.
Una palabra inventada encuentra público
Las criaturas de Linares comenzaron a circular más allá del taller gracias a un ambiente artístico interesado en las artes populares. Diego Rivera y Frida Kahlo estuvieron entre quienes adquirieron obra de la familia, y la cineasta británica Judith Bronowski realizó en 1975 un documental sobre Pedro Linares que contribuyó a difundir su trabajo. En 1990, el artesano recibió el Premio Nacional de Ciencias y Artes en la categoría de Artes y Tradiciones Populares. Para entonces, la palabra soñada —o recordada como soñada— ya había entrado en el vocabulario visual de México.
Eso no significa que Linares inventara de la nada el gusto mexicano por los seres híbridos. En el arte mesoamericano existen animales con atributos combinados, y en la tradición europea abundan grifos, dragones y quimeras; la Nueva España también produjo imágenes fantásticas. Sin embargo, llamar “alebrijes” a todas esas figuras antiguas sería ponerles una etiqueta fabricada muchos siglos después. El parentesco puede ser visual o simbólico, pero el término y el género artesanal específico pertenecen al siglo XX.
- 1No son figuras prehispánicas, aunque puedan dialogar con imaginarios antiguos.
- 2El nombre “alebrije” se asocia con Pedro Linares López y la cartonería de la Ciudad de México.
- 3La versión del sueño forma parte del relato familiar y debe contarse como tal.
- 4Las tallas de madera oaxaqueñas surgieron por una ruta distinta y adoptaron después el nombre.
- 5No existe un diseño obligatorio: la transformación es parte esencial del género.

La confusión histórica tiene una razón bastante humana: las tradiciones exitosas suelen peinarse canas antes de tiempo. Un objeto colorido, hecho a mano y asociado con México parece exigir de inmediato una genealogía de mil años, como si la juventud le restara valor. Ocurre lo contrario: saber que el alebrije apareció hace menos de un siglo permite ver cómo nace una tradición ante nuestros ojos. No es una reliquia detenida, sino una invención que encontró comunidad, oficio y descendencia.
Oaxaca talla otra historia
En Oaxaca existía desde antes una tradición de tallar madera para producir juguetes, máscaras, santos, animales y objetos de uso festivo. En San Antonio Arrazola, Manuel Jiménez Ramírez, nacido en 1919, fue una figura decisiva en el desarrollo de animales tallados como piezas artísticas y comerciales durante la segunda mitad del siglo XX. Sus figuras tendían a conservar formas animales identificables, aunque estilizadas y pintadas con gran inventiva. Con el crecimiento del mercado artesanal, más familias y comunidades desarrollaron estilos propios, en especial en Arrazola, San Martín Tilcajete y La Unión Tejalápam.
La madera más asociada con estas piezas es la de copal, nombre común aplicado en Oaxaca a varias especies del género Bursera. El tallador aprovecha curvas, nudos y bifurcaciones de la rama o el tronco para descubrir la postura del animal; después vienen el secado, el resane, el lijado y la pintura. Durante décadas se usaron anilinas y pinturas comerciales, y distintos talleres han desarrollado paletas, grecas, puntos y tramas minuciosas. Lo que parece una piel sobrenatural suele esconder muchas horas de pulso muy terrenal.

Estas tallas no nacieron simplemente como copias en madera de las figuras de Linares. Investigaciones sobre arte popular oaxaqueño muestran un proceso más complejo: una tradición local de talla, autores con trayectorias propias, intercambio con comerciantes y coleccionistas, y cambios impulsados por la demanda. Con el tiempo, el nombre “alebrije” se extendió a las figuras oaxaqueñas, sobre todo cuando comenzaron a proliferar animales híbridos y diseños fantásticos. La palabra funcionó como puente comercial y cultural, aunque también terminó ocultando diferencias de origen que vale la pena recuperar.
Por eso es más preciso distinguir entre los alebrijes de cartonería ligados a la familia Linares y las tallas oaxaqueñas de madera, llamadas hoy ampliamente alebrijes. Ambas tradiciones se han influido y pertenecen al paisaje artístico mexicano contemporáneo, pero no son una sola historia ni tienen un único autor. En Oaxaca, además, cada taller familiar organiza de manera distinta la talla, el lijado y la pintura; a veces las tareas se reparten entre varias personas cuyos nombres no siempre aparecen en la etiqueta. Detrás de una pieza hay estética, sí, pero también economía doméstica, aprendizaje generacional y trabajo compartido.
Tradición joven, preguntas actuales
El éxito de los alebrijes trajo oportunidades y también preguntas incómodas. ¿Quién recibe crédito cuando un diseño familiar se reproduce industrialmente? ¿Qué ocurre cuando una figura hecha en serie se vende con el mismo lenguaje que una pieza tallada y pintada durante semanas? ¿Cómo se obtiene la madera y quién participa realmente en la autoría? Comprar con atención no exige convertirse en detective de aduanas, pero sí preguntar por el taller, la comunidad, los materiales y las personas que hicieron la obra.
También conviene desconfiar de las explicaciones que convierten a cada alebrije en “guardián espiritual prehispánico” o equivalente directo de un nahual. El nahualismo pertenece a tradiciones indígenas complejas, diversas y documentadas, relacionadas en ciertos contextos con la capacidad de transformación o con vínculos entre personas y entidades animales. Un alebrije puede inspirarse libremente en esas ideas, pero no es automáticamente un nahual ni una pieza ceremonial. Juntar ambos términos porque tienen animales y misterio produce una historia muy vendible, aunque históricamente floja de las rodillas.

Hoy la familia Linares continúa trabajando la cartonería, mientras numerosos talleres oaxaqueños sostienen y reinventan la talla en madera. A la vez, artistas de otras regiones elaboran criaturas en cerámica, textiles, metal, impresión y medios digitales. La expansión confirma la fuerza de la idea, pero vuelve indispensable nombrar procedencias y autorías. “Mexicano” no debería ser una manta tan grande que tape a las personas concretas.
Tal vez ahí reside el encanto más profundo del alebrije: parece ancestral porque toca una pulsión antigua, la de mezclar animales para imaginar lo que no existe, pero su biografía es moderna y reconocible. Nació del oficio de Pedro Linares, creció entre papel y engrudo, y encontró en Oaxaca una poderosa vida paralela de madera, color y organización familiar. No necesita una antigüedad inventada para ser patrimonio vivo; le basta con algo más difícil de conseguir: autores, memoria, transformación y manos que todavía discuten con la materia. El alebrije no salió intacto del pasado: sigue entrando, recién pintado, al futuro.
- Museo de Arte Popular (Ciudad de México), materiales institucionales sobre Pedro Linares y la tradición de los alebrijes.
- Smithsonian American Art Museum, ficha biográfica y de colección de Manuel Jiménez Ramírez.
- Michael Chibnik, Crafting Tradition: The Making and Marketing of Oaxacan Wood Carvings, University of Texas Press, 2003.
- Judith Bronowski, Pedro Linares: Artisan of Papier-Mâché, documental, 1975.
- Secretaría de Cultura del Gobierno de México, Sistema de Información Cultural y materiales sobre cartonería y artes populares.




