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La Llorona: de dónde viene el grito que recorre México

La Llorona no tiene un origen único: su lamento reúne antiguos presagios nahuas, figuras coloniales, culpas religiosas y miedos modernos. Recorremos sus versiones, su discutida relación con Cihuacóatl y Malintzin, y su paso por el cine y los canales de Xochimilco.

Agosto 2026 · 9 min de lectura
La Llorona: de dónde viene el grito que recorre México

La Llorona no necesita tocar la puerta: basta un lamento a deshoras para que medio México reconozca su nombre. Se dice que vaga cerca de ríos, acequias y lagos, vestida de blanco, buscando a los hijos que perdió o mató; quien escucha su grito debe desconfiar de la distancia, pues la tradición asegura que si parece lejano, está cerca. Pero no existe una sola versión ni un acta de nacimiento para el espanto. La figura que hoy llamamos La Llorona es un tejido de antiguas imágenes indígenas, relatos coloniales, sermones, romances, obras de teatro y memorias familiares.

Una leyenda con muchas madres

En su forma más difundida, la historia cuenta que una mujer se enamora de un hombre que luego la abandona, la desprecia o se casa con alguien de su misma posición social. Desesperada, ella ahoga a sus hijos en un río y, cuando comprende lo que ha hecho, se quita la vida o muere consumida por el dolor. Desde entonces, su alma recorre las orillas gritando “¡Ay, mis hijos!”, condenada a buscarlos sin encontrarlos. Es una trama sencilla y brutal, pero cada región mueve las piezas: cambia el motivo del crimen, el número de niños, el sitio del encuentro y hasta el destino de quien oye el llanto.

  1. 1En algunos relatos es una mujer indígena abandonada por un español.
  2. 2En otros, una madre pobre despreciada por un hombre rico.
  3. 3A veces no mata a sus hijos: los pierde durante una inundación o se los arrebatan.
  4. 4Puede aparecer sin rostro, con velo, con cabellera larga o con una calavera bajo el rebozo.
  5. 5En ciertas versiones anuncia desgracias; en otras castiga a hombres ebrios, infieles o trasnochadores.
Mujer de blanco junto a un canal oscuro, con ahuejotes y una canoa inmóvil bajo la luna.
Mujer de blanco junto a un canal oscuro, con ahuejotes y una canoa inmóvil bajo la luna.

Antes de la mujer de blanco

Buscar un origen único suele producir respuestas demasiado cómodas. Una de las asociaciones más citadas remite a los presagios anteriores a la conquista de México-Tenochtitlan registrados décadas después por fray Bernardino de Sahagún y sus informantes nahuas. En la versión castellana de la Historia general de las cosas de Nueva España aparece una mujer que lloraba por las noches y decía: “¡Oh, hijos míos, ya nos perdemos!” y “¿Adónde os llevaré?”. El pasaje es colonial y retrospectivo: conserva voces indígenas, pero fue recopilado después de la caída de Tenochtitlan, dentro de un proyecto franciscano.

También se ha vinculado a esa mujer con Cihuacóatl, deidad mexica relacionada con la maternidad, la guerra, el parto y la muerte, cuya presencia podía entenderse como augurio. En las fuentes nahuas, Cihuacóatl posee rasgos temibles y maternos, pero equipararla sin más con la Llorona moderna borra siglos de transformaciones. No tenemos una línea documental recta que vaya de una diosa prehispánica a la aparición de rebozo blanco contada hoy. Lo prudente es hablar de resonancias y reelaboraciones, no de una identidad intacta que hubiera atravesado cinco siglos sin cambiar de vestido.

“¡Oh, hijos míos, ya nos perdemos!”
Folio de un manuscrito colonial con una figura femenina que llora frente a una ciudad rodeada de agua.
Folio de un manuscrito colonial con una figura femenina que llora frente a una ciudad rodeada de agua.

Otra lectura popular identifica a La Llorona con Malintzin o doña Marina, intérprete de Hernán Cortés. Esa asociación es tardía y simbólica, no un hecho biográfico: ninguna fuente temprana afirma que Malintzin ahogara a sus hijos ni que vagara llorándolos. La imagen surgió de interpretaciones posteriores que hicieron de ella emblema de la conquista, la mezcla cultural o la supuesta “traición”, palabra que suele juzgar con severidad retrospectiva a una mujer esclavizada que actuó bajo condiciones extremas. Confundir el símbolo con la persona histórica quizá produzca buen melodrama, pero mala historia.

El mestizaje del espanto

Durante el virreinato, las tradiciones indígenas convivieron y se mezclaron con figuras europeas: almas en pena, damas blancas, madres castigadas y mujeres que vuelven del más allá por una falta grave. La cultura católica ofrecía un vocabulario poderoso de culpa, pecado, penitencia y purgatorio. A su vez, las ciudades novohispanas tenían acequias, lagos, puentes oscuros y calles donde la noche alteraba cualquier silueta; la Ciudad de México, todavía lacustre, era un escenario hecho a la medida del rumor. La Llorona fue adquiriendo así una apariencia colonial y, más tarde, decimonónica: vestido blanco, velo, rostro oculto y caminata nocturna.

En 1809, el fraile dominico Mier publicó en Valencia La Llorona, un poema de asunto novohispano que atestigua la circulación escrita del nombre a comienzos del siglo XIX. Después, periódicos, recopilaciones de leyendas y autores costumbristas ayudaron a fijar escenas que antes cambiaban de boca en boca. El relato siguió vivo precisamente porque nunca quedó clausurado por una edición definitiva. Cada narrador podía trasladarlo a su puente, su río o su barrio y jurar, con la seriedad reservada a los chismes excelentes, que aquello había ocurrido “aquí cerquita”.

La leyenda también funcionó como disciplina nocturna. “No salgas, porque te lleva La Llorona” mantenía a los niños lejos del agua y de la calle; en relatos para adultos, la aparición podía escarmentar a borrachos, mujeriegos o caminantes imprudentes. Sin embargo, reducirla a espantaniños sería quedarse con el puro rebozo. Su pena habla de abandono, desigualdad, maternidad forzada, violencia contra las mujeres y del miedo colectivo a una madre que rompe el papel protector que la sociedad le impone.

Acequia novohispana de noche, con un puente de piedra, faroles y una figura velada reflejada en el agua.
Acequia novohispana de noche, con un puente de piedra, faroles y una figura velada reflejada en el agua.

Del teatro al cine y los canales

En el siglo XX, La Llorona pasó de la tradición oral al teatro, la radio, la historieta y el cine sin dejar de rondar patios y sobremesas. La película mexicana La Llorona, dirigida por Ramón Peón y estrenada en 1933, fue una de las primeras producciones sonoras de horror realizadas en el país. Su argumento mezcló maldición familiar, pasado colonial y ciencia moderna, señal de que la leyenda ya podía adaptarse a géneros nuevos. Más tarde llegaron otras cintas, canciones, montajes y versiones televisivas, unas sombrías y otras francamente gozosas en su exceso.

La obra teatral La Llorona se representa desde 1993 en la zona de Cuemanco, en Xochimilco, con música, danza, canoas y un paisaje chinampero que no funciona como simple telón. El espectáculo reinterpreta episodios de la conquista y elementos de la cosmovisión nahua, y ha contribuido a relacionar de manera contemporánea al personaje con los canales. Conviene distinguir la puesta en escena de una supervivencia prehispánica sin cambios: es una creación artística moderna, arraigada en un territorio histórico. Esa diferencia no le quita fuerza; al contrario, permite apreciar cómo una comunidad vuelve a contar el pasado desde sus propias aguas.

¿Qué llora cuando llora?

La permanencia de La Llorona se explica por su capacidad para contener temores distintos sin perder su grito. Puede ser la madre culpable, la mujer traicionada, el alma que anuncia una catástrofe, la memoria de una ciudad destruida o una imagen de la violencia colonial. También puede leerse como el reverso de la maternidad idealizada: no la madre serena de estampita, sino una figura desbordada por el dolor y convertida en amenaza. Ahí está la incomodidad que la vuelve fecunda para artistas, escritoras y cineastas: su crimen no se justifica, pero su sufrimiento tampoco cabe en una moraleja sencilla.

Sus escenarios importan tanto como el personaje. Ríos, lagunas, barrancas y acequias son fronteras entre poblaciones, entre la superficie visible y lo que el agua guarda. En un país donde muchos cuerpos de agua fueron entubados, desecados o contaminados, el lamento adquiere incluso una resonancia ambiental que las versiones antiguas no formulaban de ese modo. La Llorona recuerda que debajo del asfalto de la capital hubo canales y que el paisaje, aunque lo cubramos de concreto, conserva memoria y humedad.

Rebozo blanco suspendido sobre agua oscura, con ondas concéntricas y reflejos de una ciudad moderna.
Rebozo blanco suspendido sobre agua oscura, con ondas concéntricas y reflejos de una ciudad moderna.

Preguntar si La Llorona “existió” quizá sea menos interesante que averiguar quién la cuenta, dónde la coloca y qué teme perder. No fue una sola mujer histórica ni puede atribuirse con certeza a una única deidad: es una figura colectiva, rehecha por generaciones. En unas noches lleva huellas de Cihuacóatl; en otras, de las damas en pena europeas, del catolicismo colonial, del melodrama o de una abuela que sabía administrar el suspenso. La leyenda vive porque cambia, y cambia porque cada época encuentra algo suyo en ese “¡Ay, mis hijos!” que atraviesa el agua.

Tal vez por eso el grito nunca termina de alejarse. No sólo llama a unos hijos perdidos: llama a ciudades borradas, lenguas heridas, mujeres juzgadas y aguas que alguna vez estuvieron a cielo abierto. La Llorona no es una reliquia prehispánica ni un fantasma colonial perfectamente conservado, sino una memoria en movimiento. Cuando creemos haberla dejado atrás, el eco hace su vieja travesura: suena lejano y, de pronto, está aquí.

Para seguir leyendo
  • Fray Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de Nueva España, Libro XII (ediciones de la Biblioteca Digital Mundial y UNAM).
  • Alfredo López Austin, Los mitos del tlacuache: caminos de la mitología mesoamericana, UNAM, Instituto de Investigaciones Antropológicas, 1990.
  • Luis González Obregón, Las calles de México: leyendas y sucedidos, Ediciones Botas, 1922.
  • Filmoteca UNAM, ficha y materiales de investigación sobre La Llorona (Ramón Peón, 1933).
  • Instituto Nacional de Antropología e Historia, Mediateca INAH y materiales de divulgación sobre Cihuacóatl y las tradiciones de La Llorona.
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