Antes de tener colmillos turquesa, alas punteadas o una cola que parece recordar algún sueño, la figura es un trozo de copal sobre una mesa. Alguien lo mira, lo gira y encuentra en sus nudos una cabeza, un lomo, quizá un animal que no existe pero ya venía haciendo ruido adentro. En talleres de San Martín Tilcajete, San Antonio Arrazola y otras comunidades de los Valles Centrales de Oaxaca, esa conversación entre madera, cuchillo y color puede durar semanas o meses. El resultado suele llamarse alebrije, aunque la historia de la palabra y la del oficio oaxaqueño no comenzaron en el mismo lugar.
Un nombre con dos historias
Los alebrijes surgieron en la Ciudad de México vinculados con Pedro Linares López, maestro cartonero nacido en 1906. Según el relato familiar más difundido —una historia oral, no un acta notarial del sueño—, durante una enfermedad en la década de 1930 Linares vio criaturas híbridas que gritaban la palabra “alebrije”; después las modeló en cartón y papel maché. Sus seres fantásticos pertenecen a la tradición de la cartonería: estructura de alambre o carrizo, papel, engrudo y pintura. Conviene decirlo porque una criatura de cartón chilanga y una talla de copal oaxaqueña son parientes por el nombre, no gemelas de cuna.
En Oaxaca existía desde tiempo atrás la talla de madera, con juguetes, máscaras, animales, santos y objetos de uso ceremonial o doméstico. Durante la segunda mitad del siglo XX, familias de los Valles Centrales ampliaron esa práctica hacia figuras decorativas y fantásticas destinadas a nuevos mercados. Manuel Jiménez Ramírez, de San Antonio Arrazola, es reconocido como un pionero decisivo de estas tallas; más tarde, numerosos talleres desarrollaron estilos propios. El nombre “alebrije” terminó por abrazar muchas de esas piezas, aunque varios artesanos y estudiosos prefieren decir “tallas de madera” o “figuras de copal” para no borrar su genealogía local.

El árbol no es una bodega
El copal usado por muchos talleres pertenece principalmente al género Bursera, un grupo de árboles resinosos presente en las selvas secas de Oaxaca. No es una madera industrial de tablón perfectamente escuadrado: sus ramas curvas, bifurcaciones y cambios de grosor sugieren posturas y volúmenes. La persona que talla puede reconocer en una horqueta unas patas abiertas o en una rama torcida el cuello de una criatura. Aquí el diseño no se impone por completo; negocia con lo que el árbol dejó escrito en la fibra.
La selección comienza con el tamaño, la forma, la humedad y el estado de la madera. Tradicionalmente se ha trabajado material recién cortado porque resulta más blando para desbastar, pero el abastecimiento exige hoy especial cuidado: la demanda comercial ha ejercido presión sobre poblaciones silvestres y ha llevado a promover viveros, reforestación y manejo responsable. Algunos talleres cultivan copal, compran madera de procedencia controlada o participan en jornadas de plantación. Sembrar no compensa automáticamente cortar —el monte no lleva contabilidad creativa—, pero sí forma parte de un compromiso indispensable con la continuidad del oficio.
También importa saber que “copal” nombra tanto a diversos árboles como a la resina aromática obtenida de algunas especies. En este caso hablamos de la madera, no de un bloque de incienso convertido por prodigio en jaguar. Las especies y prácticas pueden variar entre comunidades y talleres, por lo que no existe una receta única para toda Oaxaca. Preguntar por el origen del material es una buena manera de mirar la pieza más allá de su superficie pintada.
La primera línea del alebrije no la traza el pincel: ya venía creciendo en la rama.

Cuchillo, paciencia y sombra
Con la pieza elegida se retira parte de la corteza y comienza el desbaste. Machete, cuchillo, formón y gubia pueden intervenir según el tamaño, el detalle y las costumbres del taller; las herramientas no forman un uniforme obligatorio. Primero aparecen los volúmenes grandes: torso, cabeza, patas, hocico, alas o cuernos. Después llegan las curvas pequeñas y las transiciones que hacen que el animal parezca listo para saltar, bufar o pedir un lugar en la repisa.
Muchas figuras se resuelven en una sola pieza, mientras otras incorporan orejas, colas, alas o cornamentas elaboradas por separado. Esas partes pueden unirse mediante espigas y adhesivos, procurando que el ensamble sea firme y visualmente continuo. La simetría perfecta no siempre es la meta: una inclinación leve o una pata adelantada puede dar más vida que una geometría impecable. Tallar consiste tanto en retirar madera como en saber detenerse antes de que el coyote termine convertido en mondadientes.
- 1Elegir una rama o sección de copal por su forma, tamaño, humedad y condición.
- 2Descortezar y desbastar para definir los volúmenes principales.
- 3Tallar rasgos, patas y texturas con cuchillo, formón o gubia.
- 4Fabricar y ensamblar por separado las partes que lo requieran.
- 5Dejar secar la pieza lentamente, protegida del sol directo.
- 6Resanar grietas, lijar y preparar la superficie para recibir color.
- 7Trazar el diseño, pintar por capas y rematar los detalles finos.
Terminada la talla inicial, la madera debe secarse. El tiempo depende del grosor, la humedad y el clima, pero puede abarcar varias semanas e incluso meses en piezas grandes; apresurarla bajo el sol intenso favorece deformaciones y grietas. Como el copal pierde agua y se contrae, algunas fisuras son habituales y se resanan con mezclas o pastas que cada taller prepara a su manera. Luego se lija la superficie y, cuando el estilo lo pide, se aplica una base que uniforma el fondo sin borrar por completo la mano del tallador.

La piel se inventa con color
La pintura convierte el volumen tallado en otra clase de presencia. Muchos talleres emplean pinturas acrílicas por su intensidad, secado rápido y resistencia, aunque también existen investigaciones y proyectos que recuperan colorantes naturales. Primero puede aplicarse un fondo general; encima se organizan manchas, franjas y campos cromáticos que orientan el diseño. Hasta aquí el animal ya tiene piel, pero todavía le falta ese temblor visual que reconoce el ojo desde lejos.
Ese efecto nace del detalle: puntos, escamas, grecas, flores, líneas cruzadas y diminutos ritmos trazados con pinceles finos. Los patrones pueden dialogar con plantas, animales, textiles, arquitectura o repertorios gráficos regionales, pero no todo motivo es un “símbolo ancestral” con traducción secreta. A veces una hilera de puntos es una decisión formal, una solución cromática o la firma visual de una familia. Endosarle misterio prehispánico a cada rombo quizá venda postales, pero no ayuda a comprender el trabajo contemporáneo.
La división de tareas cambia de casa en casa. Una persona puede imaginar, tallar y pintar toda la figura; en otros talleres, alguien especializa el cuchillo, otra mano prepara y resana, y una o varias pintoras construyen los diseños minuciosos. Con frecuencia han sido las mujeres quienes transformaron de manera decisiva la superficie pintada, aunque durante años el mercado puso el nombre del tallador al frente y dejó otras autorías en letra pequeña. Preguntar quién hizo cada etapa no rompe el encanto: le devuelve nombres y trabajo.
No todos los alebrijes tienen que ser feroces ni juntar media zoología en un solo cuerpo. Hay conejos serenos, armadillos compactos, perros atentos y criaturas híbridas que parecen haber desayunado un arcoíris completo. El valor no depende solamente de cuántos colores caben en un centímetro, sino de la talla, el equilibrio, la calidad del ensamble, el dominio del patrón y la coherencia de la pieza. Una figura sencilla y bien resuelta puede tener más carácter que un dragón con exceso de equipaje.

Mirar también es reconocer
Comprar una talla implica entrar, aunque sea por un momento, en una red de monte, familia, herramientas, aprendizaje y comercio. Conviene buscar piezas firmadas o acompañadas por información del taller, preguntar por la autoría de la talla y la pintura, y conocer la procedencia del copal. El precio refleja tamaño y detalle, pero también semanas de secado, años de práctica, materiales, intermediación y reputación. Regatear por deporte frente a una obra minuciosa es una manera bastante eficaz de llevarse la figura y dejar atrás el respeto.
Para conservarla, lo mejor es evitar sol directo, humedad extrema, cambios bruscos de temperatura y limpiezas con productos agresivos. Un paño seco o una brocha suave suele bastar para retirar el polvo; las piezas desmontables deben manipularse por el cuerpo y no por orejas, colas o cuernos. La madera sigue respondiendo al ambiente aun después de pintada, de modo que una pequeña variación no siempre anuncia desastre. Si aparece una grieta importante o se suelta un ensamble, es preferible consultar al taller o a una persona especializada antes de convocar al pegamento universal.
El alebrije de copal no es una reliquia detenida ni la ilustración de un Oaxaca eterno. Es arte popular vivo: conversa con mercados, museos, coleccionistas, diseñadores, crisis ambientales y nuevas generaciones que ensayan criaturas y lenguajes propios. Su fuerza está en esa mezcla de continuidad e invención, no en una supuesta pureza intacta. Cada pieza bien hecha guarda una doble memoria: la forma que una rama tuvo en el monte y la forma que unas manos fueron capaces de descubrirle.
- Barbash, Shepard. Oaxacan Woodcarving: The Magic in the Trees. Chronicle Books, 1993.
- Chibnik, Michael. Crafting Tradition: The Making and Marketing of Oaxacan Wood Carvings. University of Texas Press, 2003.
- International Folk Art Market. “Manuel Jiménez Ramírez”, perfil y materiales sobre talla oaxaqueña en madera.
- Museo de Arte Popular, Ciudad de México. Colecciones y materiales institucionales sobre Pedro Linares y la cartonería mexicana.
- Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (CONABIO). Enciclovida: fichas del género Bursera y especies conocidas como copal.




